Hace rato en un ex monasterio se encontraron una Gorda y un Negro.
La salud mental los encontró, pero ellos la perdieron de vista.
Cuando volvieron a buscarla, ya no estaba ahí.
Por esto, tuvieron que prescindir de ella indeterminadamente.
El amaba el desasosiego, el olor a suavizante en la ropa, los Cds ordenados, las fotos enmarcadas, el pelo brillante, probablemente a Los Ramones.
Y ella amaba a algún que otro libro de turno, a su gata, al café y a otros.
Ella siempre estuvo enamorada de otros.
Lo cierto es que la Gorda usaba Pantene aunque le saliera un ojo de la cara.
El pelo no le quedaba igual de largo con otros shampoos.
Y el se dio cuenta.
Su pelo olía a suave y entonces ella se le volvió irresistible.
Creía, también, (esas putas certezas sobre los otros) que el ya la conocía totalmente.
De pe a pa.
Y que soñaba con su pelo.
Siempre supo que quería saborear su pelo
(es que cuando uno desea tanto algo se confunden las cosas, y es querer beberse el perfume o fumarse el dulce de leche).
Pero el Negro ya tenía una negra que lo acompañaba en sus viajes.
Y obviamente, como buenos insanos, no dejaron de desencontrarse desde entonces.
Salvo una vez que se encontraron tan cerca que a ella se le hincharon las venas de sangre y a él su narizota negra.
Después, se pensaron infinitamente.
Se pensaron riendo, llorando, cojiendo, viajando.
Pero como siempre, la vida, la desesperanza, las enfermedades.
El hartazgo, las ganas de desaparecer.
Ella veía todo tan negro como él, y a veces deseaba con todo su corazón picanearlo en los pezones.
El siempre había sido el responsable.
No era capaz de blanquear una puta cosa, de hacer menos oscura la oscuridad.
Innatamente incapaz. Interiormente incapaz.
Aunque él, también.
Ya no soportaba que la Gorda fuera tan gorda, que su cuerpo le ocupara todo el espacio del mundo.
Y la culpa, que se asomaba en cada resquicio.
Y el asqueroso miedo.
Al final todo estuvo de más.
Al fin de cuentas, es muy improbable no estar de más en todos lados.
Así que ahora el Negro ha muerto.
O eso dice la Gorda.
Nunca se sabe.
Pero el último puñal que le clavó fue el más letal de todos.
Quizás quede en Coma 4, como un vegetal negro.
Y nunca pueda despertar.
Aunque la Gorda dice también que lo guarda en su cabeza y un poco (solo un poco) en su corazón.
Cada tanto se le aparece, dice también, mientras ella está ocupada viviendo.
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viernes, 22 de mayo de 2009
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